martes, 14 de febrero de 2017

De la Chagra a Bella Cristina

Un breve recorrido por los nombres de nuestra geografía colombiana

Para Cristina García Vallejo, solidaria y amorosa en aquellos días difíciles.
Vista parcial  de los Farallones del Citará, vista desde el municipio de Andes.
Foto: Héctor Alonso Restrepo Rendón

Te has ganado unas vacaciones para dos y debes elegir uno de los siguientes destinos, todos propicios para un refrescante baño: Agua Alrevés, Ahogagatos, La Alacranera, Los Amores, San Francisco y Culo´echarco.  ¿Cuál elegirías?

Bueno, tampoco se trata de elegir ahora mismo.  Por el momento, pongámonos de acuerdo en que el anterior es un listado de nombres propios de ríos que, en su orden, discurren por los territorios municipales de Riofrío, Riosucio, Pradera, Ataco, Andes y Sipí. Estos poblados a su vez, están en la jurisdicción de Valle del Cauca, Caldas, Valle del Cauca, Tolima, Antioquia y Chocó.

¿Cuál es el origen y significado de estos nombres?

Yo prefiero los nombres que sugieren una historia, aquellos que nos alertan sobre un hecho ocurrido y tal vez ahora olvidado. ¿No es acaso más fascinante el nombre de Trasera de Parra que el de Giraldo para nombrar una calle en el Municipio de Andes, Antioquia? Estos nombres son memoria latente y son también el continuo palpitar de la historia local contra el olvido y el maquillaje devoto: "La Chagra siempre será La Chagra, así hoy la llamen María Auxiliadora", dicen en Andes.  En 1952, y de manera oficial, la Calle del Ventiadero paso a llamarse Marulanda en honor a un cura godo, y Sodoma cambió por San Vicente, continuando la tradición española de utilizar nombres religiosos.

En el Diccionario Geográfico de Colombia, publicado y actualizado por el Instituto Agustín Codazzi en 1996, los buenos pastores de Dios ocupan 280 páginas, ensalzando con sus nombres a unos 16.800 sitios de nuestro territorio nacional.

Mal contados, en Andes tenemos 70 santos nombrando quebradas, montes, caseríos, barrios, calles, escuelas, etc. Es una traición a la imaginación tener cinco San Pedros en Andes: un barrio en la cabecera, y una quebrada, una escuela y dos veredas (San Pedro Arriba y San Pedro Abajo) en terrenos -¡como si fuera poco!- del corregimiento de Santa Rita. El mismo diccionario reporte 278 San Pedros en el país y seis "esfuerzos" aislados de la imaginación: ¡tenemos seis San Pedritos en Colombia! El fervor religioso aun alcanza para perpetuar nombres referidos a pueblos y momentos cristianos: La Soledad, Palestina, El Líbano (y por extensión Libanito y El Libanón, en Andes).

¿Qué historias susurran los arroyos de Ahorcayeguas en Sabanalarga (departamento del Atlántico), en Corozal y Palmito (Sucre)? Ahogapuercos es afluente del río Aguas Claras en el municipio de Riosucio.  En el departamento de Magdalena, municipio de Pivijay, Ahorca Zorra es un sitio, es decir, un lugar o espacio dispuesto para algo, y que son ocupados por algo o alguien.  Déjame Abajo es un arroyo que deposita sus aguas en el Vueltoso.

También son de mi predilección aquellos nombres que nacen de la sugestión que nos proporciona la misma naturaleza del lugar. Asiento del Indio, La Cabeza de la India, El Morro de la Teta y el Columpio son cumbres caprichosas de la cadena montañosa los Farallones del Citará.  “...avivan la imaginación que percibe sin mucho esfuerzo, perfiles de rostros, formas redondeadas, senos y panzas prominentes”, cuenta el cronista Orlando Betancur en su libro El Pedral Arriba, que es la historia de su vereda natal en Betania, Antioquia.

A lo largo y ancho del país: Culo de Toro es un alto, Culo de Paila es un filo, y son quebradas Culo de Hierro y de Barco.  Aquí me callo por respeto al honorable público, porque esta parte de la anatomía por su tamaño y derivaciones sigue dando de qué hablar. 

También los estados de ánimo y cierta predisposición sentimental de aquellos primeros expedicionarios -¡por fortuna!- contribuyeron a forjar nombres como Buena Esperanza,  Buena Vista, Sucarabuena, Campo Amor y otros Campos más: Arrecho, Envidia, Ideal, Libre, Tarde, etc.

Otros nombres, más descriptivos, dan cuenta de colores, olores, sabores, presencias.  Los colombianos, fieles a nuestra riqueza hídrica, bautizamos 15 lugares con Agua Azul. Y en este orden de ideas tenemos Agua Hedionda, Agua Mugrosa, Agua Dulce, Cocorizal, Peñas Azules. También fueron fuente de inspiración los animales encontrados: El Gato, El Cóndor, Gallineral, etc.

Nos queda espacio para nombres alusivos a personajes:  Juanes, un riachuelo que comparten los municipios de Santa Fe de Antioquia y San Carlos; Chorrito de Mateo, en Andes.  De batallas que nos dieron la Independencia: Tacamocho, que es el nombre de una calle en Andes, de un corregimiento en Córdoba y el de un sitio en Tarso, Antioquia.

Solamente los nombres indígenas con sus cosmogonías particulares son un encanto de nunca acabar.  La gente puede hacer lo que quiera con los nombres de sus barrios, pero para mí siempre será las Vueltas del Río y no el encopetado Brisas del San Juan, que un sacerdote modificó por fidelidad a su dogmatismo.

A propósito: ¿Cuándo el río San Juan, que atraviesa con sus aguas torrentosas el Suroeste de Antioquia, se nos santificó y perdió su nombre indígena original de Docató?

Volviendo a la pregunta inicial:  mientras usted decide donde pasaría sus vacaciones yo sueño estar con mi amada Cristina, en Bella Cristina, que es un sitio del municipio remoto de Confines, en el departamento de Santander.

El anterior artículo fue publicado originalmente en los siguientes periódicos, con pequeñas diferencias al que hoy ofrezco en mi blog:
Revista de Interés para la Comunidad, diciembre 2001-Enero 2002, Colombia, pp. 17-18
Panorama Latino News, julio 2005, New Jersey, Estados Unidos, p. 6.