viernes, 1 de abril de 2016

En esta primera entrada les comparto un artículo que publiqué en el periódico El Parque, octubre de 1996. El Maestro Serna, ya fallecido, dejó un legado artístico que hoy hace parte del patrimonio de Colombia. Un par de fotos a color fueron agregadas para ilustrar el texto y mostrar el talento del artista. Sus hijos Alejandro y Beto perpetúan hoy el legado del pintor.

Alejandro Serna, pintor de camiones escalera

"Uno muere aprendiendo"


Basta decir que este hombre en el año 62 fue a parar seis meses al manicomio de Bello, y tres meses después de que le dieron de alta se decidió por el matrimonio de una manera inusual: un día se dijo: "Estoy llevando una vida que no me corresponde".  Sacó una moneda y apostó: "Con sello Georgina, con cara Cruz Elena".  Ganó sello.  Y cumplió.

Ya había quedado mal años atrás, cuando en la víspera de una boda anunciada se escurrió en la noche por entre las montañas de Santa Rita de Ituango, en donde oficiaba de policía.  Antes estuvo de militar y después de Agente de Rentas Departamentales, pero sin recato porque necesitaba más de la cuenta para los festines de los prostíbulos.  Una vida que conoció desde los ochos años cuando dormía cubierto con periódicos en las aceras de Medellín y era comensal vagabundo en las plazas de mercado donde recogía pedazos de banano y naranja para mitigar el hambre del momento.  Allí llegó, por una de esas decisiones de fondo que el maestro Serna suele tomar: O se quedaba en la casa de la tía que lo llevó a Medellín, eso sí, trabajando y aportando algo para el sostenimiento del hogar, o se quedaba en la calle, porque era inaceptable  mantener un "regalado" que pasaba sus días en un taller de pintura haciendo de todo, menos pintando.  Valga la aclaración: En el taller el "Niño Pintor" de la calle Cundinamarca de Medellín, lo necesitaban de gratis para hacer mandados, marcos, llevar y traer avisos, lavar brochas. No para pintar.  De ahí que año y medio después fue despedido porque se atrevió a pintar su primer aviso en un vidrio de la Farmacia Humanitaria, trabajo que había aplazado su patrón porque le resultaba difícil y no apto para el guayabo vivo que le trastornaba la cabeza.  "Usted ya es un artista, el discípulo se le adelantó al maestro.  Se me retira y que no lo vuelva a ver", fueron las últimas palabras del "Niño Pintor" para el jovencito Serna, que salió sin tocar un peso de los doce que pagaron los de la farmacia por el trabajo.

Su amiga, la mesera del Bar La Cita, volvió a demostrar su enorme corazón.  Reunió cuatro pesos, el primer plante de Serna para un pincel y dos tarritos de pintura.  A partir de este momento nuestro personaje empieza un peregrinaje de 27 años, con los ojos puestos en los pueblos cálidos donde las carreras de caballos, los bailes y las riñas de gallos mejor recreaban su espíritu desenfadado; y evitando los pueblos fríos "en donde las personas
enruanadas se la pasan con las manos en los bolsillos, paradas en las esquinas y mirando para la iglesia".  En los Santanderes, Boyacá, Tolima, Llanos Orientales, Bogotá y la costa antioqueña dejó sus pasos ebrios. Como soldado, policía, agente de Rentas Departamentales, presidiario y pintor de avisos, dejó su huella humana, antes de retornar a Andes, hace algo más de tres décadas.

Aquí retornó juerguista y calavera, escondiéndose de la persecución por pasos mal dados por una mujer, pintó algunos avisos hasta que el maestro Colorado lo llamó para que pintara su primera "escalera".  Aquí ha tenido tres nacimientos: el primero, el de un niño que aún en el vientre materno perdió a su papá, y a los tres meses de nacido perdió a su mamá; el segundo, como artista consumado del pincel, el color y la geometría; por último, el de un nuevo hombre que hace 22 años dejó la bebida cuando ebrio en una cantina del pueblo escuchó hablar del Gurú Maharaji, hasta hoy su maestro espiritual.

Pincelazos (de 1986)

Obra del Maestro Serna e hijo. Imagen del año 2008
"Yo nací con la inclinación a la pintura.  Sufrí mucho, porque soy autodidacta.  No tuve maestro, no
tuve guía.  Empecé viendo".

"Tengo 65 años y hace la bicoca de treinta y tres vengo pintando carrocerías y tengo para decirle me falta mucho por aprender, apenas estoy empezando.  Claro que en ese tiempo no llevaban tanto dibujo como ahora: Eran tres rayas, el fondo, el esquemita sencillo y nada más.  Hasta que empezaron los propietarios de los carros a exigir decorado: "Póngale más colores, más dibujitos, no me deje espacios en blanco".

"Aquí han venido gringos, franceses, mejicanos, argentinos... gente de muchas partes, me han elogiado, me felicitan y me acreditan, pero yo veo que me falta mucho.  El mayor crítico soy yo mismo.  Un carro recién pintado así de primera vez lo miro y me parece bueno.  Después me pongo a observar y le encuentro detalles".
Derroche de color y geometría. 

"Vehículos pintados por mí hay en Miami y en San Andrés Islas. El caso es que estas "escaleras" yo soy el hombre para pintarlas, pero también las fabrico pequeñas.  Figuro en un diccionario y en una guía turística en Estados Unidos".

"Es conocida la pintura de Juan Echavarría, la de "Tarzán", la mía, porque cada pintor tiene su estilo en los dibujos y en la forma de combinar colores; porque la geometría es infinita y uno puede crear miles y miles de dibujos diferentes".